El Desplazado
- John, te presento a José el nuevo practicante de embalsamamiento.
- Mucho gusto José y bienvenido a la familia, contestó John con su típico acento americano.
- El gusto es mío señor Davis. Me dicen que usted es uno de los embalsamadores más antiguos del país ...
- Eh, con el permiso. Tengo cosas que hacer, interrumpió el supervisor de turno que los acababa de introducir. “Los dejo para que se conozcan mejor. John, José va a estar con nosotros 5 días a la semana y si trabaja bien se queda. Enséñale todo lo que puedas a ver si sale tan bueno como tú. Y a tí José te dejo con la voz de la experiencia. Ponle mucha atención” y así se despidió el supervisor mientras le hacía una guiñada a José para darle un poco de seguridad.
- Muchas gracias Sr. Ortíz. contestó José con cortesía, “lambiendo” ojo para el futuro...
Ya a solas con su pupilo, John se disponía a conocer mejor a quien en el futuro cercano podría convertirse en su sucesor. Fueron tantos los que habían pasado por sus manos y muchos los que de igual manera le habían fallado...
- Así que tu queriendo ser embalsamador, José, preguntaba John mientras escudriñaba al joven estudiante de arriba a abajo. Bien parecido , pensó John... Igual que él cuando comenzó a embalsamar muertos 35 años a su llegada a Puerto Rico.
John Davis era oriundo de Brooklyn, New York y a la edad de 24 años, luego de la guerra de Korea en los 50’, ingresó a la American Academy, una de las escuelas de embalsamamiento más antiguas y prestigiosas del mundo. Las Ciencias Mortuorias no le agradaban mucho que digamos pero su necesidad económica lo obligó a estudiar una carrera corta que le aseguraba un diploma en un año. La curiosidad que sentía por el servicio funeral hacían de esa profesión algo interesante para John, aparte de que el mito existente entre el público en general de que los que bregan con muertos se hacen ricos, influyó bastante en la decisión de John al escoger su oficio. Su esposa acababa de dar a luz su primer vástago y era necesario asegurar un mejor futuro para él y su familia. Durante ese mísmo curso del año 1955 en la American Academy, John conoció a un jóven puertorriqueño de familia pudiente llamado Raúl Mendoza los cuales poseían una reconocida funeraria en Puerto Rico desde el 1924. Raúl y John hicieron una estrecha amistad y hasta se convirtieron en compadres cuando el primero le bautizó la hija al segundo en una modesta ceremonia en Brooklyn. De vez en cuando Raúl le daba dinero a su compadre para que comprara leche y provisiones para su familia. Al culminar el curso Raúl se trajo consigo a su compadre de vuelta a la ísla para enseñarle las facilidades de su funeraria y lo que sería un paseo de vacaciones se convirtió en una estadía permamente para John y su familia. John era un tipo “easy going” y el padre de Raúl se encariñó tanto con él que le ofreció trabajo en las empresas Mendoza. Los Mendoza acomodaron a su nuevo embalsamador y familia en una vieja casa de 2 pisos que yacía en la inmediaciones de la funeraria. No era una mansión pero al menos vivían cómodamente y sobre todo: no pagaban renta, ni luz, ni agua. Lamentablemente su esposa no pudo adaptarse al clima tropical y en un momento de desesperación aprovechó como excusa un viaje de vacaciones a la casa de sus padres en Brooklyn para quedarse y no regresar jamás. Luego del divorcio, John conoció a una bella jóven puertorriqueña con el cuerpo al estilo “J Lo” y contrajo nupcias por segunda vez. Elena, que así era su nombre, era bella, jóven y emprendedora. Apenas había terminado un grado asociado en educación en el Puerto Rico Junior College el cual nunca ejerció. Para ayudarse con unos cuantos pesitos extras, John y Elena siguieron viviendo en la casita de los Mendoza mientras atendían la funeraria por las noches.
John se había quedado como el único embalsamador de la firma ya que Raúl apenas embalsamó 10 casos para seguir estudiando ingeniería. En aquél tiempo los embalsamadores andaban escazos en la ísla y John ofrecía sus servicios a otras funerarias del área metro. Por unos $25.00 por caso, más el sueldo de $1.50 la hora que le pagaban los Mendoza por el turno “suicida”, John y su esposa la pasaban bastante bien. Los años pasaron y los sacrificios de la familia Davis habían rendido buenos frutos. La pareja tuvo dos hijas las cuales se convirtieron en profesionales y la cuenta bancaria de John y Elena rondaba cerca del medio millón de dólares entre ahorros, certificados y varias inversiones que habían hecho durante sus años de juventud pero aún así John prefería seguir trabajando como embalsamador nocturno hasta llegar a su retiro como todo típico americano.
Al cumplir sus 35 años de servicio con la empresa, John seguía cubriendo el turno de 11:00 de la noche a 7:00 de la mañana tal y como la había hecho en los viejos tiempos. Naturalmente, ahora todo había cambiado. Ya no era el único embalsamador en la funeraria y ahora compartía sus labores con otros dos, cada cual en sus respectivos turnos. Las facilidades de la funeraria Mendoza habían dejado de ser una humilde casa en la avenida Roosevelt para convertirse en una de las casas mortuorias más modernas en el centro de Hato Rey. A pesar de sus esfuerzos, su edad avanzada de 63 años lo comenzaba a traicionar y los errores debido al cansancio y los descuidos proliferaban marcádamente. En las últimas ocasiones John había experimentado una serie de problemas con varios cadáveres y al ahora gerente de operaciones no le gustaba la idea de que el viejo “gringo” siguiera embalsamando. Precisamente una semana antes de que José llegara a la funeraria, John tuvo problemas con 2 cuerpos. Ambos habían expedido sangre por la boca y la nariz producto de una mala “aspiración”. Cuando las visceras no se aspiran bien el colon transverso ejerce presión contra el estómago y el diafragma y los contenidos líquidos son expulsados hacia afuera manchando la ropa y el interior del ataúd, creando un cuadro totalmente desagradable para los familiares del difunto. Dada la fama y el prestigio de la Funeraria Mendoza no se podían dar el lujo de permitir semejante negligencia y por tal razón el nuevo gerente envió un largo memorandum a John en el cual le advertía que de seguir experimentando problemas en sus embalsamamientos la empresa se vería obligada a prescindir de sus servicios. La pronta llegada de José confirmaba lo serio del asunto pues John sabía que habían traido al jóven para sustituirlo.
- Bueno Julio, aquí en ésta funeraria hay que trabajar con rapidez y eficiencia. José escuchaba atentamente a las palabras de su mentor que con su jocozo acento americano reflejaba muchos años de sabiduría en el arte de embellecer muertos.
- Este trabajo, no siendo fácil, seguía John con su guille de maestro. Muchos creyendo que es sencillo y por eso rajarse luego. Habiendo que fajarse aquí! Así decía John mientras pensaba “¿Cómo es posible que éste muchacho me venga a quitar el trabajo que por tantos años he llevado a cabo?. Tendré que ir a hablar con Raúl al respecto” y así transcurrían los pensamientos en la mente del viejo americano pero en ningún momento los reflejaba para que su ahora jóven pupilo no se sintiera mal. “Después de todo, no es su culpa” se dijo a sí mísmo.
Pasaron varias semanas desde ese primer encuentro y el progreso de Julio era verdadero. John veía desvanecer sus 35 años de servicio lentamente y entendía que al menor de los fallos le diría adiós a la Funeraria Mendoza para siempe... y entonces el temido momento llegó. Era un domingo pasada las 10:00 de la noche. John estaba muy cansado porque su día libre del sábado lo había disfrutado a plenitud en la playa de Luquillo con su esposa Elena. Al llegar a su turno esa noche se encontró con un cadáver de casi 300 libras. Era una señora que había muerto de una arterioesclerosis severa. Comenzó a inyectarla por la arteria axilar, su punto de inyección favorito un tanto obsoleto pero el favorito de los viejos embalsamadores que aprendieron la vocación en los 50’. Inyectó con suma dificultad galón y medio de solución arterial. La cara de la difunta comenzó a mostrar una leve distención en la cara, por lo cual John decidió detener el inyector motorizado. Estaba cansado para proseguir con puntos de inyección alternos que sería lo más prudente en esos casos y pensó:
- Well, estoy seguro de que la van a enterrar mañana. Con ésto que le hice aguantará sin problema alguno. So, what the hell!
Procedió entonces a aspirar las cavidades para terminar e irse a dormir al cuarto de empleados. En su prisa, olvidó inyectar las cavidades directamente lo cual representa un pecado mortal en el proceso e invita a serias consecuencias ya que en menos de 24 horas un cadáver puede comenzar a descomponerse si no se tratan las cavidades correctamente. John vistió a su “cliente”, la colocó en el ataúd utilizando una grúa especial para esos menesteres y la expuso en capilla ardiente. “Espero que la entierren mañana tal y como dijo el supervisor”. Esas fueron sus últimas palabras antes de retirarse a dormir.
Llegó el lunes y por mutuo acuerdo José cubriría el turno de John que ahora se despedía de la funeraria a las 7:00 de la mañana en su Alfa Romeo del 79’sin saber que el destino le tenía preparado unas eternas vacaciones...
La persona responsable del sepelio de doña Catalina Díaz se dirigió a las oficinas administrativas de la funeraria para hablar con el gerente, el Sr. García. García se encontraba firmando unos documentos cuando de repente la hermana de la difunta Catalina se presentó en sus oficina. Montones de papeles en el escritorio demostraban la gran cantidad de trabajo atrasado que tenía el administrador. García era uno de esos individuos extremádamente orgulloso de lo que hacía pero creía saberlo todo y no le gustaba que le discutieran sus decisiones. Exigía el máximo a sus empleados pero a la mísma vez era bastante justo con aquellos que desempeñaban bien sus tareas.
- ¿En qué puedo ayudarle, señora?
- Sr. García, vengo a informarle que por cuestiones de la línea aérea mi sobrino el hijo de Catalina, no podrá llegar hoy y que tendremos que posponer el sepelio para el miércoles por la tarde si es que no hay inconvenientes.
- Naturalmente señora. No hay ningún problema con eso. Nuestra funeraria se caracteriza por el buen servicio.
- Sí ya lo sé señor... este....
- García, le recordó amablemente el gerente.
- Lo siento. No soy buena para los nombres. Lo que quiero saber es si no habrá problemas con el cadáver de mi hermana en cuanto a la preparación se refiere, usted sabe...
- No habrá ningún problema, señora ... ¿me dijo que se llamaba?
- Inés, respondió la señora mientras se acomodaba el pelo.
- Doña Inés, por supuesto que no hay problema ya que nuestros embalsamadores son los mejores de Puerto Rico. ¿Para qué hora será el sepelio el miércoles?
- Para las 2:00 de la tarde Sr. Gautier, eh digo, García.
Esa mísma noche Julio llegó más temprano que nunca. La fiebre de su primer turno oficial como embalsamador de tan prestigiosa empresa le daba cosquillas en el estómago. “Ojalá que “caigan” par de casos para demostrarle a ésta gente que yo si meto mano de verdad”, así pensaba José mientras fantaseaba con los instrumentos en el cuarto de embalsamar. Julio apenas se había graduado de la escuela vocacional de Caguas en donde obtuvo su diploma de Ciencias Mortuorias. Fué presidente de su clase, se graduó con promedio perfecto y se ganó el respeto y admiración de sus compañeros. Su sueño había sido estudiar embalsamamiento en la Universidad de Minnessotta para obtener allí un bachillerato y convertirse en maestro para embalsamadores en los EEUU. Lamentablemente la educación en el continente americano es muy costosa, principalmente para los extranjeros, y su familia carecía de los recursos económicos necesarios para costear semejante odisea por lo que Julio tuvo que conformarse con mucho menos y optar por un curso vocacional en PR. Al graduarse de cuarto año de escuela superior, rechazó la aceptación al departamento de Ciencias Naturales de la UPR para dirigirse hacia la vocacional del pueblo de Caguas en donde terminaría el curso se embalsamador. En contra de su madre, la cual quería que fuese médico, su novia y todos los que se opusieron a su decisión, José se propuso estudiar lo que anhelaba y convertirse en uno de los mejores embalsamadores de Puerto Rico. El correr del tiempo confirmó sus deseos ya que en el futuro José se convertiría en uno de los pilares de su profesión...
- Entonces, ¿tu piensas tarbajr aquí con nosotros?
- Sí doña Migdalia. El sueño de todo embalsamador graduado es trabajr aquí y aunque por ahora no hayan plazas disponibles para ejercer lo que yo estudié, al menos me podría quedar haciendo alguna otra cosita por ahí, replicó José a la recepcionista del cuadro telefónico.
- Y tú, ¿estás casado, José?
- No pero lo haré cuando esté mejor establecido.
Y mientras ambos platicaban se acercó a la recepción un hombre alto de cabello gris, con cara de pocos amigos. Su color de ojos amenizaban con la guayabera Oscar de la Renta que traía puesta.
- Con el permiso de ustedes. Soy el licenciado Clivillés, hijo de la señora Catalina Díaz que está en capilla ardiente. Acabo de llegar de los EEUU para ver a mi madre por última vez y mi tía me dijo que durante ésta mañana habló con el gerente de la funeraria, un tal Sr. García, y que él mísmo le informó que el cadáver de mi madre aguantaría sin problemas hasta el miércoles sin problema alguno.
- Tengo entendido que sí, licenciado. Contestó José con ese guille que tienen los novatos fiebrús cuando entran nuevos en una profesión...
- Entonces si eso es así, ¿porqué carajos mi mamá está botando sangre por la boca? increpó el licenciado en tono amenzante, Además, prosiguió el individuo, está cambiando de color y se siente un olor medio raro. Voy a demandar a la mierda de funeraria ésta por “mal practice”. ¿Entienden?
La pareja quedó estupefacta ante el discurso violento del licenciado y por un momento ambos se miraron para ver quien tomaría la batuta. José, siendo el más atrevido de los dos, se “tiró” primero y dijo:
- Ahora mísmo subo a la capilla para ver lo que puedo hacer. Como usted entenderá, algunas veces los cuerpos reaccionan de manera diferente a los químicos preservativos y muchas veces esos cambios químicos están fuera de nuestro control y ...
- Un momento jóven!, interrumpió el hombre malhumorado, yo soy abogado. No médico y lo único que me interesa es que el Sr. García le aseguró a mi tía que mamá duraría hasta el día del entierro y en menos de 24 horas está dando problemas! Que bonito está esto! Ya veremos a ver lo que pasa ...
- No se preocupe señor abogado. Ahora mísmo voy a “chequiar” a doña Catalina. Espéreme en la capilla, por favor.
Bonita situación la que me ha tocado en mi primera noche “oficial”, pensaba José mientras se dirigía hacia la capilla B, lugar en donde estaba el cadáver accidentado. Si a éste licenciado culiabierto le dá con demandar a la funeraria se chavó el pobre John y quizás hasta yo mísmo coja mi parte” seguía el monólogo de José . Aunque una situación como ésta le aseguraría un puesto como embalsamador en esa funeraria, José sentía lástima por lo que le podría suceder a su mentor. A su paso, José enecendía las luces por el pasillo de servicio que lo llevaría hasta la capilla B. Al entrar por la puerta trasera, su nariz percibió de inmediáto el irritante olor a formalina. Se alarmó momentáneamente al apreciar el traje manchado de la difunta mientras que un líquido rosado manaba lentamente desde la boca y la nariz hasta el cuello de la señora. José sintió escalofríos y comprendió la molestia del licenciado. Inmediátamente se dirigió al abogado y en voz baja le dijo:
- La vamos a tener que sacar por un momento para darle un ligero tratamiento, usted sabe ...
- No. Yo no sé nada, ripostó el abogado, lo único que me interesa es que resuelvan el problema. Y diciendo ésto se dirigió a los presentes y les informó que tenían que salir todos para que dejaran al muchacho trabajar tranquilamente. Luego se dirigió al jóven embalsamador y ésta vez en voz serena le dijo: “Haz todo lo posible”. Esta vez José percibió un tono un tanto amable por parte del licenciado quien quizás al notar la diponibilidad del muchacho se percató de que él no tenía la culpa y que solamente quería ayudar.
José bajó el cadáver al cuarto de embalsamar nuevamente para re-aspirar y re-inyectar las cavidades nuevamente. Esta vez utilizaría un líquido a base de fenol para prevenir mayor formación de gases y poder detener futuros “liqueos”. Luego, secó la boca con algodón, la aspiró con un tubo nasal y selló los labios con cianocrilato. Hizo todo lo recomendado en éstos casos hasta el más mínimo detalle. Limpió las manchas del traje con agua oxigenada y paso seguido lo secó con un “blower”. La cosmetizó y la peinó nuevamente, le aplicó perfume y la subió nuevamente a la capilla. Cuando el Sr. Clivillés vió de nuevo el cadáver de su madre, apreció grandemente la labor del muchacho y hasta le ofreció una propina la cual José declinó cortézmente.
Al otro día ...
- Lamentablemente tendré que suspender a John Davis indefinidamente de sus labores como embalsamador. Esta última “gracia” nos pudo haber costado la funeraria entera. De no ser porque José se hechó en un bolsillo al abogadito ese, ahora mísmo tuviésemos senda demanda en las costillas por culpa del gringo. Efectivo hoy, José se encargará del turno nocturno y si John quiere quedarse como asistente general en lo que termina de pagar su seguro social, no hay problema. Lo que si queda claro es que sus días como embalsamador en la Funeraria Mendoza se acabaron. Y así nada más el Sr. García preparó una carta de despido de 2 páginas relevando a John de su puesto.
De nada valió las múltiples conversaciones de súplica con su viejo amigo Raúl Mendoza, aquél mísmo que lo había traído a PR 35 años atrás y quien era el padrino de su primera hija. De nada valió su largo tiempo en la empresa y mucho menos la mitad de su vida que había dejado allí. El dinero es más importante que la amistad y los Mendoza no permitirían que su imágen se deteriorara por causa del viejo gringo embalsamador. Quizás, parte de la culpa la tuvo John al no reconocer a tiempo su cansancio y sus nuevas limitaciones debido a la edad. José reemplazó al viejo americano y así nada más como se bota el bagazo de la caña cuando ya no le queda jugo, John fué reemplazado y desplazado.